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Como les ha ocurrido a muchos compañeros que se dedican profesionalmente a la fotografía infantil, mis primeros tanteos con una cámara fueron detrás de los pequeños cuerpecillos de mis dos hijos. Todo surgió de una necesidad personal de capturar momentos, de guardar para siempre sus expresiones, sus gestos, sus primeros pasos inseguros que iban al compás de los mío tras el visor.

El tiempo fue pasando -cada vez pasa más deprisa, ¿no os parece?- y junto con LaLuna fueron creciendo Lucía y Dani, de bebés a niños pequeños que se comían el mundo a saltos y a risas. Entonces aún era muy fácil hacerles fotos. Nunca se quejaban de verme con la cámara, no tenían inhibiciones ni vergüenza, y hacerles fotos resultonas era fácil y tenía recompensa segura. Esa fue la época de Litel Pipol, un proyecto que iniciamos varios padres y madres fotógrafos con la intención de comprometernos a publicar una foto semanal de nuestros hijos. Fue una etapa preciosa, se crearon lazos especiales entre nosotros y la experiencia me regaló un puñado de fotos que constituyen para mí un verdadero tesoro.

Lucía y Dani, entre 2011 y 2014.

 

 

Abandoné el proyecto por falta de tiempo y de motivación, aunque ahora me planteo que ese momento coincidió con los casi diez años de Lucía. Ella, siempre tan fotogénica, tan bonita, tan dispuesta a las fotos, empezó a ser menos colaboradora. Cuando protestaba yo me desmotivaba, y cuando podía fotografiarle a conciencia ya no me convencía tanto el resultado. Mi niña crecía a pasos agigantados, y era en las fotos donde más podía notar los cambios.

Sin darme cuenta, dejé de seguirle tanto con la cámara, de intentar hacerle fotos que me gustaran, de pedirle que posara para mí en las pruebas de exteriores o de luces. ¿Puede que hubiera algo de reticencia por mi parte a ver lo rápido que crece? Es posible. Pero las etapas llegan y pasan aunque no queramos, y nadie me había preparado para ser madre de una preadolescente. 😉

Seguro que muchos de los que me leéis y tenéis hijos en estas edades me entendéis. Parece que la primera comunión cierra una etapa de la infancia, y la preadolescencia viene cargada de reparos, timidez y aparente desinterés. Con lo ricos que eran de pequeñines, que se prestaban a todo y sonreían a la cámara y nos daban fotos tan divertidas, y ahora…

Pues aquí viene la buena noticia: no sólo no está todo perdido sino que hay muchas cosas nuevas que ganar. Con el tiempo me he dado cuenta de que igual que nuestra manera de comunicarnos y querernos cambia, también tengo que aprender a fotografiar a mi hija de distinta manera y a respetar sus opiniones sobre las fotos que quiero hacerle: cómo retratarla, si puedo publicar o no, cuándo  puedo o no captar sus momentos de privacidad… Si me empeño cada día en que entienda que es dueña de su cuerpo, de sus ideas y de sus actos, que es preciosa con sus imperfecciones, y que tiene derecho a sentirse mejor o peor sin que nadie deba influir en ello, también debo respetar eso a la hora de hacerle fotos.

De esa comprensión hacia sus motivaciones y necesidades surge una nueva forma de mirar, y ahora os aseguro que entre los diez y los catorce años hay también mucha magia en los niños. A esa edad  mantienen la inocencia de la niñez pero ya tienen una visión diferente de la vida y del futuro que persiguen. ¡Son un mundo lleno de posibilidades aún por estrenar! Visto así, es una edad fascinante, ¿no os parece? Solo hace falta pararse a observar, empatizar y respetar. Os aseguro que el resultado puede ser sorprendente y maravilloso, tanto para nosotros como padres como para ellos mismos. Porque la fotografía refuerza la autoestima, les ayuda a expresarse, a conocerse y a reafirmarse (aunque sea a base de selfies terribles recargados de filtros y stickers, qué le vamos a hacer).

Os hablo ahora de todo esto con conocimiento de causa. Después de algunos desencuentros, reencontrarme con Lucía a través de las fotos está siendo una experiencia estupenda para las dos. Esto a nivel personal, porque a nivel profesional ya queda poco para poder contaros la experiencia fotográfica en la que llevo un largo tiempo inmersa retratando a niñas de estas edades, pero esa historia la voy a dejar para otro momento porque se merece un espacio y un tiempo propios.

En fin, que os animo a no dejar de fotografiar la vida diaria de vuestros hijos mayores, a plantearos una sesión de fotos con ellos, a regalarles un espejo en el que puedan verse, con todo lo bonito que desprenden y con toda la vida a la que ya se asoman.

Ya no basta con ofrecerles un caramelo a cambio, ahora es cuestión de respeto y confianza, de ponernos en su lugar e ir a su (nuevo) ritmo. ¿Pero no es eso esencial en cualquier relación con nuestros hijos? Qué edad más bonita en la que están dispuestos a comerse el mundo y tienen todo por delante. Es un privilegio acompañarles y poder contagiarnos de su energía.

 

Este post me rondaba por la cabeza hace tiempo pero tomó forma a raíz de un interesante artículo que leí en el blog de Clickin Moms: http://www.clickinmoms.com/blog/photograph-teen-respect-feelings/
 Y de paso también, si no lo conocéis, no dejéis de maravillaros con el proyecto de Kate T. Parker y su libro “Strong is the new pretty. A celebration of Girls being themselves” que tanto me ha inspirado estos meses. Podéis conocerlo aquí: http://blog.katetparkerphotography.com/2014/03/29/strong-is-the-new-pretty/

 

Lucía, enero 2018.

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